Carta al editor
Vol. 28 | Núm. 1
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Carol Sánchez-Madriz*
Nutricare
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En agosto de 2025, la Sociedad Europea de Cardiología (ESC) publicó un documento clave: el 2025 ESC Clinical Consensus Statement on Mental Health and Cardiovascular Disease, que establece con claridad que no puede existir una salud cardiovascular plena sin una adecuada salud mental.
La salud mental es un componente esencial del bienestar, que permite afrontar el estrés y mantener la funcionalidad social. Factores como la pobreza, la violencia o las enfermedades aumentan la vulnerabilidad a los trastornos mentales, caracterizados por alteraciones en la cognición, las emociones o la conducta [1,2,3].
El documento analiza factores determinantes como el sexo y el género, el envejecimiento, la fragilidad, multimorbilidad, la exclusión social, la migración, el estigma y las barreras de acceso. En áreas como la cardio-oncología, donde confluyen tratamientos oncológicos, psicotrópicos y cardiovasculares, se enfatiza la reducción de interacciones farmacológicas y la coordinación multidisciplinaria para una atención segura y eficaz. Las enfermedades mentales graves (EMG), que generan deterioro funcional significativo, tienen especial relevancia en este contexto. No obstante, el consenso no abarca los trastornos neurodegenerativos como la demencia [1,2].
Existe una relación bidireccional entre salud mental y salud cardiovascular: una adecuada salud psicológica reduce el riesgo de enfermedad cardíaca, mientras que los trastornos mentales lo incrementan. A su vez, las patologías cardiovasculares pueden precipitar o agravar alteraciones mentales, lo que evidencia la necesidad de abordajes integrales e interdisciplinarios [1].
Pese a la evidencia que vincula la salud mental con la enfermedad cardiovascular (ECV), persisten brechas clínicas relevantes: baja sensibilización del personal sanitario, subestimación de los trastornos mentales en pacientes con ECV, estigma persistente, ausencia de tamizaje sistemático, escasa investigación en salud cardiovascular de personas con trastornos mentales y falta de guías integradas para su atención. Asimismo, se descuida el apoyo a familias y cuidadores, pese a su papel esencial [1].
Los factores psicosociales, en especial el estrés crónico, impactan de forma comparable a los riesgos tradicionales, favoreciendo eventos cardiovasculares mediante mecanismos biológicos y conductuales. La depresión postevento cardíaco aumenta la mortalidad, los reingresos y reduce la adherencia; la ansiedad agrava el pronóstico en la enfermedad coronaria y la insuficiencia cardíaca. La soledad tras el alta se asocia con un riesgo de mortalidad hasta tres veces mayor en mujeres y dos veces mayor en hombres [1].
Las prevalencias reportadas son altas:
La EMG también se asocia con un mayor riesgo cardiovascular, especialmente en jóvenes, y con un acceso limitado a la prevención y el tratamiento. Por ello, es fundamental evaluar periódicamente el riesgo cardiovascular y coordinar la atención entre especialistas en salud mental y cardiología [1].
En el síndrome coronario agudo, los antidepresivos pueden reducir las rehospitalizaciones y el riesgo de reinfarto. En personas con EMG, algunos antipsicóticos pueden aumentar el riesgo de arritmias debido a la prolongación del QTc, por lo que se recomienda realizar electrocardiogramas basales y controles periódicos, además de monitorizar electrolitos y suspender el antipsicótico si el QTc es >500 ms, evaluando siempre el riesgo-beneficio con un equipo multidisciplinario [1].
El abordaje debe seguir un modelo escalonado, ajustando las intervenciones según gravedad y evolución. Estrategias como terapia cognitivo-conductual, psicoeducación y mindfulness (incluidas versiones digitales) mejoran la salud mental y la adherencia terapéutica [1].
Se propone conformar equipos multidisciplinarios de psicocardiólogos que integren cardiología, psicología, psiquiatría, atención primaria y trabajo social. Para facilitar la implementación de estas estrategias, se plantean los principios ACTIVE: reconocer la interacción y el estigma, evaluar sistemáticamente los síntomas, utilizar herramientas validadas, implementar prácticas centradas en la persona y un manejo escalonado, promover cambios organizativos con liderazgo y recursos, y evaluar resultados para la mejora continua [1].
Finalmente, la salud debe entenderse como un proceso de avance personal y social hacia una vida creativa, constructiva y productiva, que permita el autocuidado, la independencia y la funcionalidad en la sociedad. Esto implica integrar el cribado de depresión, ansiedad y TEPT tras eventos cardiovasculares, considerar el estrés y factores psicosociales como riesgos cardiovasculares relevantes y priorizar un manejo escalonado que incluya intervenciones psicoeducativas, psicológicas y farmacológicas con monitoreo riguroso. La formación de equipos de psicocardiólogos promoverá una atención centrada en la persona y su red de apoyo, generando poblaciones más saludables y productivas, fomentando una sociedad respetuosa de la dignidad humana, la diversidad y la convivencia armoniosa.
Esta investigación no recibió ninguna subvención específica de agencias de financiamiento de los sectores públicos, comercial o sin fines de lucro.
La autora declara no tener conflicto de interés.
La autora declara que no se utilizaron herramientas de inteligencia artificial en ninguna fase de la elaboración del manuscrito.
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